Aunque levantadas por arquitectos, ingenieros y albañiles, algunas ciudades deben la vida a los escritores. Sus calles y edificios se construyen con piedras, cemento y argamasa, pero su personalidad y rostro público son forjados con palabras. Praga no sería la misma sin los libros de Franz Kafka, ni París ese polo de magnetismo y magia sin Víctor Hugo, Dumas, Hemingway, Cortázar y muchos más, que la inventaron en subsecuentes libros.
Con su inmenso talento para la fantasía y la innovación de la forma literaria, James Joyce ficcionó una Dublín sórdida y espesa, muy distinta a la ciudad real: «alegre y simpática, de gentes exuberantes que me atajaban en medio de la calle para preguntarme de dónde venía y me invitaban a tomar cerveza», en palabras de Mario Vargas Llosa. Libros primordiales como los relatos de Dublineses o Ulises −donde su protagonista Leopoldo Bloom recorre ensimismado las calles de la capital de Irlanda por 24 horas− prefiguran un mundo propio, regido por los arbitrios del autor.
En su última edición, la revista The New Yorker incluye un estupendo artículo de Mark O’Connell titulado «The book bench» («El banco de datos»), donde se evalúan los efectos que sobre el legado del escritor irlandés tendrá una noticia reciente: la liberación de sus derechos de autor el primero de enero último, 70 años después de su muerte en 1941. El hecho permitirá las adaptaciones teatrales y recreaciones, así como la libre publicación de las obras de Joyce, e interrumpirá la tiranía ejercida hasta ahora por Stephen Joyce, único nieto y heredero del autor de Retrato del artista adolescente.
Durante años, Stephen Joyce había cicateado la obra de su abuelo, rehusándose a que fuera citada, tratando con hostilidad a quienes pretendía realizar versiones fílmicas o dramáticas, o imponiendo prohibitivos pagos a todo aquel que quisiera emplearlas, incluidos los estudiantes. Para salvaguardar la intimidad familiar, llegó a quemar la correspondencia de corte erótico que sostuvieron James Joyce y su esposa Nora, así como cartas de Lucia, una hija del autor profundamente perturbada, pero que al mismo tiempo fue una de sus grandes inspiraciones. Michael Yeats, hijo de W. B. Yeats, otro enorme escritor de habla inglesa, mostró su desacuerdo y dijo: «El material relacionado con autores como Joyce y Yeats pertenece al mundo, no a la familia».
Pero no todo es bueno para los joyceanos. Con la liberación de los derechos de autor, en los próximos meses se espera un importante desembalse de nuevas impresiones, estudios, antologías y traducciones, y es de temer que muchos de ellos sean productos burdos y de baja calidad, lanzados por empresarios muy preocupados por hacer dinero, pero muy poco por el legado de Joyce. En lo que por ahora parece solo una broma, O’Connell habla incluso de la posibilidad de que Ulises o Finnegans Wake pronto sirvan de inspiración para videojuegos.
Con el fin de sus derechos de autor, la obra de James Joyce quedó libre del látigo de Stephen Joyce, un heredero caprichoso. Desafortunadamente, este parece ser también el principio de una nueva dictadura: la de los usureros y mercachifles, capaces de cualquier barbaridad, con tal de meterse unas monedas más al bolsillo.

James Joyce
(Dublín, 1882 - Zurich, 1941) Escritor irlandés en lengua inglesa. Nacido en el seno de una familia de arraigada tradición católica, estudió en el colegio de jesuitas de Belvedere entre 1893 y 1898, año en que se matriculó en la National University de Dublín, en la que comenzó a aprender varias lenguas y a interesarse por la gramática comparada.
Su formación jesuítica, que siempre reivindicó, le inculcó un espíritu riguroso y metódico que se refleja incluso en sus composiciones literarias más innovadoras y experimentales. Manifestó cierto rechazo por la búsqueda nacionalista de los orígenes de la identidad irlandesa, y su voluntad de preservar su propia experiencia lingüística, que guiaría todo su trabajo literario, le condujo a reivindicar su lengua materna, el inglés, en detrimento de una lengua gaélica que estimaba readoptada y promovida artificialmente.
En 1902 se instaló en París, con la intención de estudiar literatura, pero en 1903 regresó a Irlanda, donde se dedicó a la enseñanza. En 1904 se casó y se trasladó a Zurich, donde vivió hasta 1906, año en que pasó a Trieste, donde dio clases de inglés en una academia de idiomas. En 1907 apareció su primer libro, el volumen de poemas Música de cámara (Chamber Music) y en 1912 volvió a su país con la intención de publicar una serie de quince relatos cortos dedicados a la gente de Dublín, Dublineses (Dubliners), que apareció finalmente en 1914.
Durante la Primera Guerra Mundial vivió pobremente junto a su mujer y sus dos hijos en Zurich y Locarno. La novela semiautobiográfica Retrato del artista adolescente (Portrait of the Artist as a Young Man), de sentido profundamente irónico, que empezó a publicarse en 1914 en la revista The Egoist y apareció dos años después en forma de libro en Nueva York, lo dio a conocer a un público más amplio.
Diario "La República"
Sabado, 14 de enero de 2012
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